4 de junio de 2013

Vuelo

Un pájaro que surca los cielos y su graznido resuena hasta que choca con el concreto de esa ciudad que crece hasta casi rozar las nubes. Y el ave aletea con más fuerza para llegar a aquél sitio donde se abre un espacio para escapar, vuela contra el viento y cruza frente al amanecer.
Mirando siempre ese intenso cielo azul mientras mi aliento se congela y mis mejillas se sonrojan pues el frío viento sopla fuertemente, de esta manera siempre esperando a que esa sensación regrese, siempre esperando a que esa sensación me salve de este sufrimiento, siempre esperando que esa sensación me lleve lejos, muy lejos a un lugar donde toda esta melancolía no pueda llegar. 
Miro el cielo, miro las nubes recorrer esa interminable extensión, intocable, libre, fría, solitaria, que se extiende sobre mis ojos y no puedo pensar en nada más y poco a poco dejó de suspirar y de sentir todo lo que hay que sentir. Y entonces ya no habrá más lagrimas, pero tampoco más sonrisas, ni tristeza, ni felicidad, ni esos ojos llenos de ternura, ni esos ojos llenos de angustia, ya no habrá nada.
Mira ese infinito cielo, mira esa ave, extiende sus alas y emprende el vuelo; y es capaz de volar tan alto como quiera y tan lejos como desee, mira toda esa libertad, es tanta que casi puedo sentir como roza las yemas de mi dedos, casi puedo deleitarme con su sabor, casi puedo sentir como me envuelve. Pero que sueño tan absurdo he tenido, pero que deseo tan triste he sentido, mirar el cielo no traerá nunca esa libertad a menos que sea capaz de buscarla, pero mi alma se niega aun a desaparecer porque todavía es débil y vulnerable; y se aferra a su condena.


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